SHAMANS

Es un camino imposible el que trazan las obras desbocadas. La belleza se derrumba en los burdeles de la experimentación donde no hay más refugio que la energía mordaz del artista. Las obras como símbolos arcaicos liberan el espacio y en el altar de la plasticidad el velo de la incertidumbre es el silencio del ritual.

La plegaria forjada detrás del lienzo resucita el légamo. Desnudo el feto insolente repudia la verdad en un último despertar hacia lo lejano y profundo.

Preludio de nuevas emociones, surge la catarsis de las texturas, la solidez del imposible pigmento, el hueso y la matriz desgarrada. El discurso vociferado de un demente que no encuentra su cuerpo. “…El cuerpo siempre está un poco más allá del cuerpo”, escribía Octavio Paz en El mono gramático.

Es la última plegaria de una realidad adormecida, impávida y febril sometida al canon de la somnolencia. El juego de los malditos se de construye sobre el ingenio de los perezosos que todo lo saben.

Y si llega, llegará con un cambio radical en todas la formas, sobre planos viejos, como un milagro con entusiasmo febril casi religioso”1.

En un silencio distante las creaciones desvelan rostros huérfanos de una realidad tangible. La sinfonía de espectros surgen del fuego fatuo y el ritual de vida y muerte es indómito y salvaje.


Alfonso de la Torre avisaba: “hay algo de elegíaco en la denodada brega con el signo y el color de su obra, estallidos de luz de aire brut, pintura cósmica, alta hora de la metamorfosis sígnica lanzada con violencia a la inmensidad del espacio pictórico.

Hablar a los hombres el lenguaje de todos los hombres y hablar, empero, un lenguaje por entero nuevo, infinitamente precioso y simple (…) dolores comunes a todos para hacer estallar un esplendor único”. Será éste un terrible don, abrazando el arte de nuestro tiempo”
2.https://www.delatorrealfonso.com/2019/05/07/crece-salvaje-la-flor-de-la-colera-de-vieites-2/

Emilio Vieites con pinturas reales de ritual del periodo Neolítico. Museo Alicante.



La aparente mirada retrospectiva al arte prehistórico no  constituye el espiritus rector de esta colección, que ya tanto han adoptado  corrientes como el primitivismo en el siglo XIX, y artistas contemporáneos plásticos, poetas y músicos.

 Decía el poeta Robert Garzo en una carta a Castor Seibel: “Los seres humanos de la prehistoria han dado ojos a mis ojos y me han hecho mejor poeta”5. Jean Fautrier y Garzo pronto comenzarían su trabajo conjunto de arte y poesía de inspiración primitiva con  livre illustré.

No hay en la colección Chamanes culto a la obra por ser primitiva o primera, sino por desatar la simplicidad del gesto, el ritual que sublima la condición humana a  portador de la emoción vehemente   como una aproximación al origen;

..”bucear en las aguas de la memoria en busca de la inocencia perdida, pues sólo una mirada inocente puede habitar el universo. Si su poetizar tanto nos seduce, es porque va ligado a un fondo mítico, de mundos insólitos y no expresados hasta entonces, porque es una forma de aproximación al origen”.6 Despierta de su letargo, en su escondrijo se revela circuncidada y salvaje:
“El último chamán” nos muestra el latir del una figura pétrea, la fantasmagoría de un ritual extinto, el éxtasis de la invocación humana, erguida y desnuda frente a una sociedad insolente.


El último chamán.

El retorno de las sombras se aferra al espectro de los grises. El color es siempre ceniza y huella de una aparición primera. Detrás del muro, el abismo, la obra herida, replegada a voluntad, la creación como criatura.

Se encadenan ocres desterrados en la obra “los Ídolos”, alejada del espacio mesurable, un equilibrio imposible que no tiene medida de las cosas.

Aparecen formas geométricas primitivas o una estructura de líneas simples que no se ven. Liberada de su signo, acontece la pregunta que deja los espacios pictóricos eximidos de sí mismos, ¿donde están las líneas, las luces, el equilibrio de las formas, los pigmentos dominantes?. ¿Adónde nos lleva esta obra?


El ritual no es aquí de iniciación, los chamanes conjuran sus plegarias,  se convive con la madre muerte, “ay, muerte de mi vida” la llamo Griott3, se convive con la vida, se olvida el color y la forma. No hay elucidario , ni luz que guie en este lienzo. Son las puertas de un cielo calcinado que no quema; “El infierno de Dios no necesita el esplendor del fuego” decía Borgues4 y a lo lejos apenas se ve luz en la caverna.

Ídolos

COLECCIÓN CHAMANES

El cazador
La conjura
Nacimientos
Detrás de Normandia
Chamán de la guerra
Génesis
Chamán enamorado
Lucifer
ángel caido
La inmolación del chamán
Chamán ídolo
La invocación
Los brujos
Chamán blanco
El niño roto de Fautrier
Chamán azul
El brujo